-En plena vida nos estamos muriendo, ¿a quién podemos acudir en busca de auxilio si no a ti, nuestro señor, que sufres por culpa de nuestros pecados?

Tu conoces, señor, los secretos de nuestros corazones, no hagas oídos sordos a nuestras plegarias y perdónanos, Díos santísimo. Oh, señor, todopoderoso. Oh, salvador santo y misericordioso, nuestro juez más justo y eterno. No nos hagas sufrir en nuestra última hora arrojando sobre nosotros los tormentos de la muerte.

Con la esperanza cierta y segura de que resucitará en la vida eterna gracias a ti, dios todo poderoso, nosotros te encomendamos a nuestro hermano Nathaniel Samuel Fisher, y entregamos su cuerpo a la tierra.

-Parece que está echando sal a las palomitas.

-Tierra a la tierra. Ceniza a la ceniza. Polvo al polvo. Que el señor le bendiga y le acoja en su seno. Que el señor ilumine su rostro y sea misericordioso con él. Que el señor le gratifique con su magnanimidad y le dé paz.

-Nate…

-NO. Me niego a seguir con estas gilipolleces.

-Es lo que hay que hacer.

-¿Sí? Pues me parece absurdo. ¿Qué especie de salero estúpido es este? ¿Qué es esa caja herméticamente cerrada y esa falsa turba alrededor de la lápida? Dave, parece cirugía. Pulcro, antiséptico… Negocio. Era nuestro padre.

-Por favor, no sigas…

-Puedes llenarle de sustancias químicas, puedes ponerle maquillaje puedes reconstruirle para que se eche una siesta en el velatorio pero la verdad, David, es que el único padre que hemos tenido se ha ido. Para siempre. Y es horrible, pero es algo que forma parte de la maldita vida y no se puede aceptar sin ensuciarse las manos. Y yo lo acepto y pretendo honrar al viejo dejando que todo el mundo se entere de lo jodido que estoy y de lo mal que me siento porqué ha muerto. ¡MALDITA SEA!